Los días de verano con lluvia
Las columnas del periódico pasan a ser quincenales, así que a partir de ahora un lunes de cada dos publicaré aquí...cualquier otra cosa. Hoy, Los días de verano con lluvia.
Los días de verano con lluvia tienen la inmunidad de los diplomáticos de alto nivel, el sueño profundo de las especies protegidas, la extraordinariedad de los estados de excepción y su misma clandestinidad, esa capacidad para pasar de boca en boca abierta que sólo han heredado entre los mortales los representantes de las revistas más amarillas y los colores, sobre todo el rojo y el verde. Porque hay pocas cosas tan sorprendentemente agradables como una ducha natural en las últimas entradas de agosto. Quizá la derrota sangrante de cualquier potencia occidental en el estadio de San Marino, con un gol en el último minuto, quizá la aparición de una poesía en la primera página de un periódico de tripas corazón, quizá las tres primeras cifras del Gordo de Navidad, que coinciden con el boleto que sostienes en las temblorosas manos.
Estas pequeñas gotas que nos atraviesan ahora el final de agosto tienen tantos padres como los huérfanos que salen en la televisión a la hora de comer. Son refugiadas políticas, que vienen huyendo del hostigamiento que sufren a manos del calor de la vertiente más oriental de la Europa desarrollada, que vienen de luchar contra los cuarenta grados a la sombra para no quedar secas en cualquier punto de la estratosfera.
Por eso caen sobre las aceras con una mezcla de dureza y suavidad. Se arrojan sobre los transeúntes con la necesidad de quedar grabadas en su epidermis, pero también con el cansancio de quien sabe que su trabajo ha terminado.
Así que ahora calla. Guardemos un momento de silencio. Fuera está lloviendo y estos son los quince minutos de gloria de esta tormenta de verano. Déjate la soberbia en el armario y hagamos el amor con la ventana abierta. Dentro de unos días, cuando llegue el otoño, ni siquiera nos daremos cuenta de que nos está mojando.
Estas pequeñas gotas que nos atraviesan ahora el final de agosto tienen tantos padres como los huérfanos que salen en la televisión a la hora de comer. Son refugiadas políticas, que vienen huyendo del hostigamiento que sufren a manos del calor de la vertiente más oriental de la Europa desarrollada, que vienen de luchar contra los cuarenta grados a la sombra para no quedar secas en cualquier punto de la estratosfera.
Por eso caen sobre las aceras con una mezcla de dureza y suavidad. Se arrojan sobre los transeúntes con la necesidad de quedar grabadas en su epidermis, pero también con el cansancio de quien sabe que su trabajo ha terminado.
Así que ahora calla. Guardemos un momento de silencio. Fuera está lloviendo y estos son los quince minutos de gloria de esta tormenta de verano. Déjate la soberbia en el armario y hagamos el amor con la ventana abierta. Dentro de unos días, cuando llegue el otoño, ni siquiera nos daremos cuenta de que nos está mojando.
Comentarios
(esto no es cualquier cosa... son textazos)
(Julio Cortázar “Aplastamiento de las Gotas”)
Qué bueno leerte...como siempre..
:)
menuda chufaaaa
bueno, pues a ver, no me he convertido a la religión del café jajaja, simplemente que por circunstancias de la vida tuve que eliminar precipitadamente mi blog, vamos, que mi padre lo encontró y empezó a leer las maravillas que hacía su hijita en madrid, del tipo, no voy a clase, tengo un grupo de música, me he liado con no se quien... así que claro, un borrón de repente y ahora... pues cuenta nueva majo, pero lo del té... vamos, no me lo quita nadie jajaja.
y sí, yo soy de las que abre la ventana o mejor aún de las que salen a la calle y que me moje la lluvia del verano, siempre es agradable esa ducha improvisada en la calle abriendo la boca mientras miras al cielo y pensando... por fin este momento me pertenece.